lunes, 23 de julio de 2007

Humo reciclado


Y seguimos reciclando, que es bueno para la salud.
Este año la “Semana Negra” contó con el apoyo de “El Comercio”, diario de Gijón, para editar y regalar su publicación diaria, “A quemarropa”.
Como suele suceder, pocos o nadie dan nada por nada. Así “El Comercio”, en su suplemento “Vivir el verano”, que sale cada día, durante la SN pudo publicar un relato escrito por algún autor de los que concurrían a Gijón. Los elegidos para esta tarea por el dedo de Dios -es decir Paco Ignacio Taibo II- aparte de no cobrar, debíamos atenernos a un tema, una historia ficticia, o preferiblemente real, que nos hubiera sucedido durante el verano.
Yo me di el gusto de contar una historia que hacía tiempo quería contar. Una historia a la que le “entré” varias veces, con poca fortuna, pero que me quedó por allí picando las ganas, porque en su momento me resultó impresionante.
Seguramente la desmemoria y cierta necesidad de empatar con la estética, pueden haber cambiado detalles, pero lo esencial, lo importante, que para contradecir al imbécil del “Principito”, nunca es invisible a los ojos, queda a la vista.


Humo, en el verano del 58

Fueron tres los hombres, fueron tres las mujeres y tal vez sucedió en marzo, mes tercero del verano austral, a las tres de la tarde; cuando supe que la muerte y la locura siempre atacan por sorpresa.
Yo tenía doce años, múltiplo de tres; aunque no venga al caso. Y Tandil era el sitio entre sierras, de la provincia de Buenos Aires, donde pasaba las vacaciones. Tandil era la casa de mis abuelos y la de mis tíos.
El abuelo regaba la huerta, y yo miraba con las manos en los bolsillos. Entonces, por sobre los techos comenzó a alzarse una columna de humo negro, espeso, como de película de guerra, y él dijo:
-¡Se está quemando la casa de Miguel!
Era cierto. A la vuelta de la manzana, por detrás de la casa de mi tío, al fondo de un terreno largo y estrecho donde agonizaba una huerta invadida por la maleza, ardía el rancho donde vivía Miguel. Todavía sin llamas, de los techos ascendía una columna como de petróleo quemado.
A los pocos minutos, cuando el rancho de cartones embreados comenzaba a arder por los cuatro costados, llegaron el camión rojo, la sirena y las mangueras.
Excitado, tropezando con los bomberos, fui de un lado a otro, entre los vecinos que habían abandonado la siesta. La pregunta era si “Miquel” había escapado del incendio.
Miguel, o “Miquel”, como algunos lo llamaban, tenía fama de raro. Vivía solo y, a mis ojos, que un par de veces lo había visto hablar con mi abuelo, aparecía como requemado por la vida. No era extraño. Miquel era checo, o búlgaro, o algo por el estilo que hablaba de una Segunda Guerra feroz, brillante y heroica tal vez en el cine, que había llenado los barcos con inmigrantes muy lastimados.
Hablaba poco y con acento muy marcado. Hasta el día del incendio me era ajeno. Luego, su imagen me acompañaría para siempre.
Porque Miquel era amigo de José, “el Ruso”, que en rigor era polaco, y el Ruso estaba casado con la cuñada de mi tío; y a ese lo conocía bien. Cuerpo de oso bajito, sonrisa tímida, y un castellano lleno de ruidos divertidos. También venía de un pasado del que nunca hablaba. El Ruso se pasaba el día dale que dale al martillo, los clavos en la boca, remendando zapatos ajenos.
El tercero, porque eran tres los amigos inseparables, también era de por ahí, de Polonia, Rumania o Croacia, pero parecía una persona normal, como cualquiera, sin acentos. Del tercero no recuerdo el nombre. Sí, que vivía con su mujer y su hija en una casita blanca, unos cien metros más abajo que mis abuelos, cerca del puente sobre el arroyo.
Con los vecinos en la calle y el agua ahogando las llamas del cartón embreado, los bomberos pudieron entrar al rancho, y enseguida corrió la voz: había un muerto. Un hombre muerto sobre la cama.
-Pobre Miquel -dijo alguien- el incendio lo agarró durmiendo la siesta.
Con los bomberos entraron un par de policías y dos o tres del barrio, para testigos.
Supongo que me lo invento, pero recuerdo que, al mismo tiempo que supe del muerto sobre la cama, también supe que no era Miquel. Que Miquel, un rato antes de que se viera el humo renegrido, había pasado muy de prisa, con un paquete de papel de diario en la mano, en dirección al centro. Y, esto no lo imagino, lo sé, fue la vieja, la desdentada cara de bruja suegra de mi tío que dijo:
-¡Va para la casa del Ruso! ¡Se lo dije, ese hombre está loco!
Y mi abuelo, y mi tío que corrían hacia lo del Ruso, mientras mi tía comenzaba a llorar a los gritos, presintiendo la desgracia.
No podía, no tenía con quien compartir lo que sabía, y vagué sin rumbo, hasta enterarme del rumor confirmado: le habían dado con un martillo en la cabeza. El muerto no era Miquel. El muerto era el amigo de la casita blanca.
Entonces pude ver, en aquella esquina, a las tres mujeres. Hablaban. La mujer y la hija del tercer amigo miraban hacia donde trabajaban los bomberos, y sonreían. La otra mujer les hacía un chiste.
La tercera, cuando pasé a su lado me miró con esa cara y dijo:
-¿Por qué no vas a ver si tu abuelo está en su casa?
Tardé en entender. Pero supe que ella ya sabía quien era el muerto, y que me estaba echando para que no metiera la pata.
Me senté en el umbral y desde allí seguí mirándolas: dos que reían y una que les hacía chistes, porque las otras aún no sabían.
Recién un año más tarde, en las siguientes vacaciones, pude completar la historia.
Miquel, el Ruso y el otro eran inseparables. Se habían conocido en el barco que los traía de Europa.
Miquel, el que no tenía a nadie, había comenzado a decir que lo querían matar. Y se había comprado un revólver. Había dejado el trabajo, abandonado la huerta, y de noche no dormía; vigilaba con el revólver.
El Ruso y el tercero, lo justificaban ante sus familias, que no querían verlo sentado a sus mesas, con esa cara de barba crecida y mirada de loco. Eran amigos.
Un día Miquel supo, o decidió, vaya uno a saber por qué, quien, quiénes lo querían matar. Y llevó al tercero a su casa. Y el martillo, y el fuego quemando la casa pira funeraria. Y el revólver en el papel de diario, y la caminata decidida hacia la casa, el taller de zapatos del Ruso.
Cuando el Ruso volvió a la vida, después de meses y meses caminando, mudo y sordo, por los pasillos del “loquero”, pudo contarlo.
Le vio cara rara, más que de costumbre, cuando entró al taller donde él estaba poniendo tacos a unas botas. Y, sin contestar a su saludo, abrió el papel de diario y le gatilló dos veces el revolver, apuntando a la cara.
Las balas eran viejas, o al Ruso lo protegía un ángel, porque no salió ninguno de los dos tiros y el supo que no era una broma. Que Miquel venía a matarlo.
El Ruso, bajo y fornido como un oso. Miquel alto y flaco, pero loco. Rodaron peleando, uno por su vida y el otro por la ajena, mientras las cuatro balas que quedaban en el revólver cavaban agujeros en el revoque de las paredes y el silencio de la siesta.
Unos vecinos ayudaron a reducir al loco y, entonces, me dijeron, José, el Ruso que era polaco, comenzó a llorar a los alaridos; hasta que cerró la boca y dejó de atender lo que sucedía a su alrededor, por muchos meses.
Los muchos, muchos meses que tuvieron que pasar hasta que preguntó por el tercero. Porque él, de alguna manera, ya sabía lo sucedido, desde el momento mismo en que Miquel comenzó a dispararle.
Eran tres hombres. Tres amigos llegados en el mismo barco. Uno, recuperó el habla y nunca más quiso hablar de lo sucedido. Otro, seguramente se sumergió para siempre en su soledad, en el asilo para dementes. El tercero, murió a martillo y traición, sobre una cama.
Pero lo que más recuerdo, de esa tarde en que la muerte y la locura se me hicieron tan presentes, tan imprevisibles, tan bestias feroces que me dejaban sin defensas, son las tres mujeres en aquella esquina.
La que no sabía que era viuda, la que no sabía que era huérfana, y la que sí sabía y, a su manera, postergaba una muerte haciéndolas reír.

lunes, 16 de julio de 2007

Calentando el ñati


Ya estoy de regreso de la XX edición de la Semana Negra de Gijón. Semana larga si las hay: diez días. De regreso y con ganas de darle otro empujoncito a este blog, asi vamos calentando "el ñati".
Como cada año se presentó y regaló el libro Pepsi/Semana Negra, donde confluye una pila de autores, desde prosistas hasta dibujantes de historietas, en torno a un tema común. El tema de este año fue “Los otros”, obviamente título del libro.
Los otros, el “otro” ha dado y dará mucho juego. Del otro, del “negro” ya se han ocupado, por ejemplo, Jean Genet y Jean P. Sartre.
Ese otro, suma de todas nuestras miserias, que para los chilenos es boliviano, para los argentinos patagónicos es chileno y para los franceses es portugués, argelino o belga.
Sólo que, a veces, según cambia el punto de vista, uno mismo puede ser el otro, y el otro es uno. Cuestión de distancia.
Producto de la observación y de la reflexión –no mucha, no vayan a creer- el relato que aporté al libro “Los otros” juega en Barcelona, ciudad con barrios llenos de inmigrantes, de medio planeta.
Ahí va, comparto con ustedes mi relato en "Lo otros", que tiene por título:



Los chinos

En muchas ciudades hay un “barrio chino”, y nadie sabe por qué se lo llama de esa manera, cuando en su origen no hubo un solo chino. Más, eran tan extraños, tan otros, que se los imaginaba con coleta, retorcidas uñas de mandarín, y los ojos pintados en diagonal, como el Fumanchú en blanco y negro del cine de aventuras.
Pero tarde o temprano se opera el cambio. Un día las autoridades deciden que ese punto negro, ese fondeadero del vicio, de marginales y de pobres de todas clases, perjudica de cara al turista. Y le cambian el nombre.
Raval, nueve de la mañana.
La Carmen sale a la calle protestando. Como siempre. Que la escalera es una mugre. Que todos lo putos “yonquis” de Europa se vienen de vacaciones a Barcelona. Que un día se van a enterar, cuando se rompa una pierna.
Los dos hombres llevan un largo rato discutiendo, en un español áspero, plagado de frases prefabricadas, de giros que se entienden, tal vez, solo en esa esquina y a esa hora. Nadie sabe por qué discuten, ni a nadie le importa. Son escoria. Lo que queda después de una vida que se fue hundiendo en la miseria y el olvido inmediato del alcohol barato, un chute de “caballo” si cae a mano y, cuando alguien financia, algo de cocaína.
Los dos son muy bajos, casi enanos. Como si no hubieran nacido para crecer, como si se hubieran reducido con los años. Los dos visten ropas deportivas donadas en alguna iglesia. Parecen niños que envejecieron mal y rápido.
-Carmen ¿A cuánto está hoy el polvo? -dice uno, y exhibe una risa sin dientes, que suena como si se aclarara las flemas de la garganta.
Ella ni lo mira. No contesta. La Carmen, cuentan, fue una de las reinas del Raval, cuando todavía era el “Barrio Chino” de Barcelona. Hace medio siglo.
Camina arrastrando un poco los pies. Hasta la orilla alambrada de esa construcción donde esperan las putas. Hasta el rincón de sol que nadie le pelea, porque ¿para qué? No es competencia. Ninguna quiere sus clientes de a diez euros cualquier servicio.
Los dos enanos parecen estar de acuerdo en algo, y dan unos pasos para asomarse a la escalera.
El tipo está ahí, como un amontonamiento de ropas, tirado en el primer rellano.
En la penumbra con olor a rata y fritangas brillan los papeles de aluminio requemados, y se adivinan las tiras de trapos sucios y las jeringas abandonadas.
El hombre tirado tiene zapatillas casi nuevas. Uno de los enanos se queda en la puerta.
Cuando el otro sale, el caído ya no tiene zapatillas.
-¿Qué tan enojada estas hoy, mamacita?
Todas le parecen iguales, con esas caras de otra parte, con ese color de mulatas o de indias. ¿Cubana, dominicana, brasileña? Qué más da.
-Un día me voy a romper una pierna- dice la Carmen, como si fuera una amenaza- ¿Para qué se meten mierda si les hace mal? ¿Por qué no se quedan en su casa? ¡Extranjeros!
La otra sonríe solo con la boca.
La Carmen no usa reloj. ¿Para qué, si lo que sobra es tiempo? Pero sabe cuando tiene que tomarse una cerveza. Cuándo es conveniente desaparecer por un rato. Ahora.
En el extremo opuesto de la alambrada dos travestis acorralan a la ¿Laura? Tal vez se llame Laura.
Tiene la ropa sucia, de dormir sobre cartones en cualquier parte. Más allá, cerca de la esquina, se hace el tonto su amigo de esa noche. Seguro que se les terminó el dinero para seguir con el vino, y la Laura quiere ganarse algo con una mamada rápida. Sólo que no sabe. No es del oficio. Nunca en la zona de los travestis. Son gente mala. De navaja.
Arrastrando los pies la Carmen entra en el bar pegado al “todo a cien” de los paquistaníes.
Los enanos beben acodados y le hacen un chiste, que no escucha y no contesta.
El hombre del mostrador fue su cliente durante años. Ya no. Pero le fía la copa, a pagar algún día.
-¿Sabes que me han hecho estos putos moros? -le dice.
Duda. Pero el gesto es claro: los paquistaníes también son “putos moros”.
-Ahora venden cerveza en lata ¡A casi nada y fría!
-Este barrio ya no es lo que era…
-¡Y que lo digas!
Uno de los enanos le ofrece un cigarrillo, la boca torcida en una sonrisa de conquistador. Ella sabe. Se quiere transar un polvo gratis. Toma el cigarrillo y luego lo ignora.
El enano soporta la derrota y las risas sucias de su amigo.
Por la vidriera pegoteada de anuncios puede ver la alambrada de la obra.
La Laura se aleja casi a la carrera. Dos hombres delgados, de piel mate y ropas nuevas, tal vez argelinos, hablan con los travestis. Laura escapa de esos hombres. Si los travestis a veces entienden y dejan pasar, esos hombres no.
Los travestis ríen. Los hombres sólo sonríen. Son gente seria. De eso va la cosa.
Las otras mujeres se agrupan como un rebaño amenazado, como si de pronto hubieran tenido ganas de charlar. También hay una rusa, la única rubia. O rumana. ¿Qué más da? Tienen miedo.
Once de la mañana.
La Carmen despierta sobresaltada. Le suele pasar muy seguido, en los últimos tiempos. Se queda dormida sobre la segunda cerveza.
El coche de la policía avanza sin prisa. Son dos los uniformados. Uno muy joven, el otro no tanto. Miran con cara de rutina, para ocultar la curiosidad o el aburrimiento.
El coche no se detiene, y cuando deja atrás la alambrada de la obra, los travestis y las putas han vuelto cada uno a su sitio, a la espera del cliente.
La Carmen mastica el trozo de tortilla que su amigo le ha arrimado en un plato. Tiene sabor a viejo, pero lo peor es que luego tendrá que lavar la dentadura postiza, antes de que los restos se le pudran en la boca.
Sale a la calle. Hay que ganarse el pan.
En el portal junto a su escalera están reunidos. Los conoce a casi todos. Una caja de vino circula de una a otra mano, mientras la Laura lloriquea una historia.
En su sitio de la alambrada el sol pega sin piedad. Le suda la cabeza y sabe que si sigue el calor la tintura empezará a chorrearse.
Una de las mulatas, muy joven, vuelve del hotel por ratos. Por la cara que trae, le tocó un cliente difícil.
-Los hombres son unos asquerosos, hija -dice la Carmen.
-Si usted supiera señora…
No sabe si le gusta que la llamen “señora”. Tampoco le gusta ese cantito dulzón con que la otra se queja. No es de los suyos.
¿Los suyos? Algo parecido es el grupo del portal junto a su escalera. Son todos españoles. Vuelve.
Una mirada le basta para saber que el tipo sigue allí, tirado en el primer rellano. Nadie ha llamado a la policía. Pero ya lo harán. Cuando se cansen de que estorbe el paso. Que se lo lleven al hospital o a la cárcel, da lo mismo.
La Laura dice algo y su amigo de esa noche se levanta y le cede el umbral para que se siente. La Carmen empina el cartón de vino, y se dice que cuando baje el sol volverá a la alambrada.
Alguien cuenta un chiste viejo, muy viejo, y lo festejan con voces cascadas. Entonces otro toma la posta, y vuelven a reír. Pero no la Carmen. Ella tiene sueño otra vez, y por un instante la calle se llena de noche, de luces y de fiesta en el barrio chino, donde se mezclan las voces de media España. Sin contar a esos tres marineros que.
Pero sabe que eso es una trampa de su cabeza y se sacude. Que no se puede dejar. Que tiene que aferrarse a lo de afuera. Y abre los ojos recontando existencias.
Ante el “todo a cien” conversan un par de paquistaníes. ¿Son moros los paquistaníes? Esos chicos que corren detrás de una pelota tienen cara de negros y de japoneses, todo al mismo tiempo. ¿Qué coño hacen tantos filipinos en el Raval? Seguramente sus padres.
Uno, dos, tres grupos, cada uno en su negocio, en su manera de vivir el tiempo. Esos jóvenes, con joggins, cadenas de oro, peinados brillantes, parecen gitanos, pero no. Hablan en moro ¿o será en paquistaní, o en hindú? ¿Como Mata Hari? Ella hizo de Mata Hari en un “burlesque”; salía en pelotas y con los ojos muy pintados de azul. La aplaudían, y pagaban muchas pesetas por tirársela.
En el tercer grupo hay un par de viejos vecinos. Los demás son, deben ser, ecuatorianos. Sólo beben cerveza.
Los dos argelinos pasan sin prisa y, sin detener el paso, echan una mirada a la escalera. Al tipo como un montón de trapos en el rellano. Algo más allá se cruzan con el viejo Hassim. Lo conoce. Nunca fue su cliente. Es musulmán, pero persona respetada. Llegó cuando todavía el barrio chino no había sido invadido. Hablan.
Hassim saca un teléfono del bolsillo y hace una llamada.
La Laura se empeña en defender al hombre callado. Los demás conceden que hay algunos buenos, pero que los del Este son una mierda. El hombre hace un gesto y quiere hablar. Un sonido extraño, ahogado, chirriante le sale de la garganta. Tiene una cicatriz que le corta el cuello de oreja a oreja.
-Es croata ¡pero buena persona! –dice la Laura.
El croata ¿de dónde son los croatas? tenía sus negocios, como cualquiera. Pero una noche lo cortaron para matarlo, de oreja a oreja. Y quedó aterrado y mudo para siempre. Ya no tiene amigos del Este y al grupo que se junta en ese portal le da igual. No molesta. No es como los otros, los que no respetan y se adueñan de todo.
-Nos están acorralando- piensa la Carmen.
Dan las doce en el Raval.
El coche de la policía esta vez se detiene. Descienden los dos y entran en la escalera. Uno de ellos lleva la mano sobre la pistola, por casualidad.
Los dos enanos los observan desde la puerta del bar con ojos de espiar.
Salen. El policía más joven se ve muy pálido. El otro hace una llamada con su “handy”.
Afirmativo, hay un muerto. Informa. No, no lo hemos movido, pero por la sangre parece que le dieron un par de puñaladas. Tiene cara de extranjero, tal vez ruso, o alemán. Sí, quedan a la espera.
Uno de los enanos se pega a la pared y se aleja sin correr, lo más rápido que puede. El otro se acerca a los policías. Tiene ganas de colaborar. Siempre puede ser una ventaja. Les dice algo y señala en dirección a Carmen.
La Carmen suspira con cansancio. Será un día muy largo. Tal vez le den de comer, allí donde la lleven.
-Putos extranjeros- murmura, mientras ve como se queda sola, porque la Laura y los otros se muestran más borrachos de lo que están y comienzan a caminar calle abajo. Las mulatas han desaparecido. Los dos travestis se acercan a curiosear. Esos tienen sus papeles en orden. La calle se está vaciando.
No quiere escuchar, pero no puede evitarlo, porque la sangre le circula a mil.
-Parece española -dice el policía joven.
-Da igual -deja caer el otro- aquí son todos chinos.

martes, 29 de mayo de 2007

Plena ocupación


Este fin de semana hubo elecciones en España y, para no ser menos, las habrá en Buenos Aires dentro de pocos días. Nadie puede asegurar, ni este cerdo “chauvinista”, que unas puedan ser más interesantes que las otras. Últimamente -me refiero a los últimos 30 años- los candidatos se amontonan en la social democracia, y se hacen cirugía de pómulos, nalgas y neuronas, para ser más que iguales.
O sea que votar ya no es lo que era antes; cuando uno podía hacerse módicas ilusiones.
Sólo que hay países o gente, que, de tanto en tanto, producen un milagro y los memoriosos pueden emular al ex presidente Alfonsín, cuando decía: “con la democracia, se come, se cura, se aprende”, sólo que diciendo ¡con la democracia hasta te la maman!
Digo esto porque Tania Dervaux, candidata al senado de Bélgica, ha prometido 40.000 felaciones a los que se inscriban en una lista colgada en la web de su partido.
La chica se iluminó de golpe cuando, como todos, prometió plena ocupación concretando 400.000 nuevos (jobs) trabajos. Graciosos que nunca faltan le escribieron sugiriendo que cambiara trabajos por “blowjobs”, o sea felaciones, y Tania no se hizo rogar. Sólo achicó un cero las cifras, porque una cosa es ponerse a la tarea y otra hacer política de masas.
La señora lo tiene todo calculado, y regimentando. Cumplir su promesa electoral la tendrá plenamente ocupada 500 días, a 80 sesiones de sexo oral diarias. Siempre y cuando los beneficiarios pongan el preservativo, y no se tomen más de cinco minutos para este servicio a la comunidad.
Grafolito del Duraznero, ese gusano que no cree en la honestidad humana, sostiene que la del afiche no es Tania, porque si fuera no se jodería la vida metiéndose en política. Más, sospecha que será apoyada en la tarea por un cierto número de becarios y becarias de su equipo político; sin garantías de eficacia, o estéticas.
Si esto fuera cierto… adiós con nuestras esperanzas de un cambio positivo en la política. Otra vez nos habrían vuelto a defraudar.

martes, 22 de mayo de 2007

La memoria debe ser acción

Represión y fusilamiento de un maestro

Luego de 30 días de realizar diferentes medidas de protesta y de reclamo frente a las autoridades del gobierno neuquino, los trabajadores de la educación, por decisión mayoritaria de sus masivas asambleas, se dirigieron a la localidad de Arroyito para efectuar un corte de ruta. Allí los estaba esperando la policía con sus cuerpos especiales de represión. Ante la magnitud del operativo policial, los trabajadores decidieron retirarse a la vez que, la policía provincial desató una brutal represión y virtual cacería de maestras y docentes con total desprecio por la vida humana. Utilizando gases lacrimógenos y balas de goma a mansalva, camionetas especiales, camiones hidrantes y autos no oficiales, con personal uniformado y de civil, todos fuertemente armados atacaron a una multitud desarmada... Un maestro, Carlos Fuentealba es fusilado por la policía.
Carlos Fuentealba
Un obrero de la construcción, un empleado..., finalmente, y con mucho esfuerzo de su parte y de su familia, a los casi cuarenta años, un maestro... un profesor. Un trabajador preocupado por la injusta realidad social de la provincia, del país. Como lo definiera Sandra, su esposa, “un militante de la vida”. Un trabajador comprometido con la lucha por un futuro mejor para su familia y para los sectores más humildes de la sociedad. Un trabajador que, lejos del individualismo, buscaba la acción colectiva y organizada junto a quienes consideraba los suyos. Muchas son y han sido las expresiones de sus alumnas/os que resaltan su calidad humana y su preocupación por el otro, como así también su calidad profesional como trabajador de la educación.
El asesinato
El día cuatro de abril de este año, Carlos Fuentealba, ya se retiraba junto a otros compañeros luego del intento fallido de cortar la ruta. Mientras transitaban por la ruta 22, en un auto Fiat 147, hacia la ciudad de Neuquén, la policía interceptó su paso, disparando de muy corta distancia, por la espalda y a la cabeza de Carlos, una granada de gases lacrimógenos. Ante la sorpresa y la indignación de los manifestantes, ante las cámaras de televisión y de otros medios, el trabajador de la educación, debatiéndose entre la vida y la muerte, es sacado del auto, en medio de una densa nube de gases, por sus compañeros. La policía continúo la represión e impidió el paso de la ambulancia que minutos más tarde llegara para auxiliar al maestro gravemente herido.
Los días siguientes...
La muerte de Carlos Fuentealba fue anunciada ante una multitud que esperaba noticias de él a la puerta del hospital. Miles y miles marcharon por las calles neuquinas en repudio al brutal asesinato. La exigencia de renuncia de todo el gobierno de la provincia no se hizo esperar. La marcha más grande de la historia de esta provincia se llevó a cabo en estos días. El lunes 9 de abril, treinta mil personas se movilizaron rodeando la casa de gobierno.
En este marco, el gobernador J. Sobisch, declaró públicamente su responsabilidad política en la decisión de reprimir a las docentes, argumentando la legitimidad y corrección de la misma. Lejos de lograr su objetivo de amedrentar a los trabajadores de la educación, este hecho doloroso provocó una mayor unidad y acción con otros trabajadores y sectores de la sociedad frente al gobierno.
Hoy la huelga de los trabajadores de la educación ha finalizado pero comienza a resonar con fuerza en la provincia del Neuquén y en el país la exigencia de juicio y castigo para todos los responsables materiales, políticos e ideológicos de la represión y el fusilamiento público de Carlos Fuentealba. Este no debe ser un nuevo caso de impunidad al que los gobiernos y la Justicia nos tienen acostumbrados.

Por lo expuesto, desde la Comisión Carlos Presente Justicia Ya. (CoCapre) hacemos un llamamiento nacional e internacional hacia todas las personalidades de la sociedad, la política, la cultura, la ciencia, el arte... a pronunciarse contra esta brutal represión y asesinato ejecutada por el estado neuquino. La memoria debe ser acción para impedir una nueva situación de impunidad frente a los crímenes de la policía y del estado. Hacemos extensivo este llamado a todas las organizaciones de trabajadores o instituciones que deseen expresarse en este sentido. Los invitamos a enviar el siguiente pronunciamiento, o el que Uds. consideren apropiado, al Juez Instrucción de la causa Cristian Piana, fax: 0299-4422160 (del exterior agregar codigo 054) dirección de e-mail cristian.piana@jusneuquen.gov.ar y remitir a las siguientes direcciones de correo pertenecientes a nuestra comisión: cocapre@hotmail.com ; cocaprejusya@yahoo.com.ar y aten@speedy.com.ar .
PROPUESTA DE PRONUNCIAMIENTO PARA PERSONALIDADES Y ORGANIZACIONES NACIONALES E INTERNACIONALES.

La /El que suscribe....................................................................., Documento Nº ...................,adhiere a la exigencia de Juicio y Castigo para todos los responsables materiales, políticos e intelectuales de la represión en Arroyito, Provincia del Neuquén, Argentina, el día 4 de abril del año 2007, en la cual fuera fusilado públicamente el trabajador de la educación Carlos Fuentealba, mientras transitaba por la ruta Nº 22 durante una medida de fuerza de la que participaba junto a sus compañeras/os del sindicato, la Asociación de Trabajadores de la Educación del Neuquén (Aten).
Indicar lugar de procedencia, Organización a la que pertenece, Actividad que desempeña

lunes, 14 de mayo de 2007

El GDA en acción


A veces los que están lejos se preguntan que clase de argentinos los representan en “las europas”. Para aproximarnos a una respuesta publico esta foto, tomada en las laderas del Montseni, cercanías de Hostalric, Cataluña.
Convocados para talar y hacer leña un par de árboles que habían nacido sin permiso, se constituyó, un día soleado, este “GDA” Grupo de Desforestadores Argentinos, que más bien parece un cruce entre la “Brigada de la Muerte” y los Hermanos Marx. En la foto, cargan contra un pobre árbol.
De izquierda a derecha: con la motosierra, el socio de Grafolito del Duraznero. Segundo y mostrando músculos, “Quiles”, músico, ecologista y deforestador. Sigue Pascualito, el que se peina agarrando un cable pelado. Luego, Carlos, el “Tordo guitarrero”, y por último, cuidando los ataques por el flanco, Daniel “El Negro”. Detrás de la cámara, como para no quedar pegado con el resto, Ronald M. S. el “Escocés cuyano”.
Ahora ya saben qué caras tienen sus representantes en Europa. Nunca más dormirán tranquilos.