Creo que ya es la tercera vez que cuento esta historia. Esta vez la recreo porque en España ha salido un libro con tres novelas del maestro mendocino.
Contaba un observador de aves cómo un grupo de palomas se volvía contra una de ellas y la atacaba a picotazos, hasta darle muerte. Los picos de las palomas no son eficientes a la hora de matar, y la víctima agonizó durante horas, en una ordalía de dolor, perdiendo piel, ojos, plumas, sangre hasta que la liberó la muerte. Siempre recuerdo esta historia cuando pienso en Antonio Di Benedetto.
A Di Benedetto -nunca me atreví a llamarlo Antonio- lo conocí en uno de los patios de la cárcel de La Plata, poco antes del mundial de fútbol del 78. Me lo presentó Daniel Alcoba, un poeta y caminábamos los recreos hablando. Bueno, yo escuchaba, con la avidez de una esponja, porque Antonio Di Benedetto era el primer escritor que conocía en persona, y eso imponía.
Era un hombre bajito, como vencido, de hablar pausado, como si escribiera, que no llevaba bien la cárcel. Por qué había caído preso me queda en el terreno de la leyenda. Decían que porque le había puesto los cuernos a un coronel de la dictadura, y también que fue por esconder al hijo guerrillero de un amigo. Ambas cosas podían ser ciertas.
En esos tiempos era director del diario Los Andes, de Mendoza, es decir, un hombre cercano al poder desde siempre. Y, como tal, nunca se había pensado preso, a merced de la brutalidad de carceleros, por lo que navegaba en el desconcierto del que subió al Titanic seguro de que nunca naufragaría. Lo mantenía vivo el saber que universidades y escritores de medio mundo pedían constantemente su libertad, pero un día por poco no fue suficiente.
Recuerdo que bajó al patio demudado. El suplemento cultural de un prestigioso y conservador diario de Argentina, con el que había colaborado, acababa de publicar un texto parecido a este: La editorial Gallimard ha editado “Sama”, la novela del escritor argentino Antonio Di Benedetto, que en la actualidad ejerce su cátedra de literatura latinoamericana en la Sorbona.
-Ellos saben que estoy preso. Me están negando- repetía al borde del derrumbe, porque nunca había esperado una puñalada por la espalda de la gente de la cultura – Son gente culta, no son como estos carceleros ¿cómo pueden hacerme esto?
Si no cayó en el suicidio fue porque en los días siguientes, el pibe, el compañero que barría el pabellón y llevaba mandados de celda en celda, se ocupó de verlo a cada rato y darle ánimo. Ese pibe, casi analfabeto, peón de una granja de cerdos, lo separó de la muerte.
Después, porque en las cárceles nada estaba quieto, lo perdí de vista. Di Benedetto salió en libertad, emprendió el exilio, y un día, con el regreso de la democracia, volvió a Argentina, para encontrarse con que era un apestado. Sin posibilidades de trabajo, repudiado por las palomas, fue sobreviviendo por los favores de los amigos.
Por esos días, con la primera Feria del Libro de la democracia, se hizo una feria paralela, y Antonio Di Benedetto encabezó una lista de firmas en un petitorio por mi libertad. Sé, tengo la seguridad, que no se acordaba de mí, pero llevaba la marca de la cárcel, y ya no era aquel que había sido como director de Los Andes.
Lo volví a ver, un tiempo más tarde, en una desangelada conferencia sobre la escritura y los sueños que dio en Buenos Aires. Una de esas cosas que le conseguían los amigos para que se ganara el pan, porque las palomas no habían dejado de picotearle la cabeza.
Otro tiempo más tarde supe que había muerto. Seguramente de asco.
Después de las dictaduras en el campo de la cultura sólo se registran víctimas, nunca cómplices, sin embargo…
Que los dioses nos cuiden de las palomas.
Este artículo fue publicado en Sigueleyendo. No te pierdas de visitar Sigueleyendo
lunes, 23 de mayo de 2011
martes, 3 de mayo de 2011
LEMMINGS, ROCK Y MUJERES CON TRES TETAS
Tenía curiosidad por leer a Fabián Casas. Me habían hablado de él como una de las nuevas voces argentinas que era necesario conocer. Y de pronto la gente de Alpha Decay no sólo lo edita, sino que lo trae a Barcelona. A estas alturas es de rigor reconocer que si un libro viene editado por Alpha Decay uno tiene que prestarle atención. Tal vez no comulgue con un autor o un título, que al fin ese es el derecho innegociable de todo lector, pero con seguridad no permanecerá indiferente. Dicho de otra manera, yo tenía ganas de leer a Fabián Casas y esta pequeña pero talentosa casa editorial le edita Los lemmings y otros.
Fabián Casas es un bicho raro. Cuando comencé la lectura de los relatos que componen este libro ésa fue la idea que comenzó a posesionarse de mi cabeza. Sus relatos trabajan sobre ese territorio, siempre lejano, siempre un poco demasiado inocente en la memoria, de la infancia, la adolescencia y la juventud. Pero, al contrario de lo que es usual en los relatos de aquel pasado, Casas les da una vigencia de presente riguroso y lo convierte en materia de creación y fantasía.
De tanto en tanto el autor nos jura que todo lo narrado es verdad, pero nos decimos que eso es lo de menos, porque sus personajes le deben los huesos, el alma y la palabra.
En un mundo literario como el argentino, donde es de buen gusto narrar historias en ciudades preferiblemente húngaras o moldavas y los personajes, aparte de secos y torturados, jamás permitirían que alguien los llame González o Mangiarotti, que de Krugger o Arnaldur no se bajan, que alguien use como materia literaria el barrio porteño de Boedo y los pibes que lo habitan me parece que señala con el dedo a la tontería.
Dicen que Casas es muy buen poeta, pero no me consta y no me constará porque de poesía cada día entiendo menos, pero… Por lo que recuerdo de otros tiempos en que me creía apto al menos para leerla, su cualidad básica es la de disparar imágenes, emociones, ideas con el gatillo de la palabra y su multiplicidad de sentidos. Dicho de otra manera, la poesía sería una manera de mirar, y sus recursos literarios la herramienta para despertar otras maneras de mirar en el lector.
Si vamos por ese lado, tal vez pueda explicar a quien no ha leído los relatos de Los lemmings y otros de qué van. Más o menos… porque Fabián Casas es un bicho raro.
Nos encontramos con Casas en el bar de una institución de Barcelona que siempre me recuerda, por su sigla, a la fenecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, me refiero al CCCB (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona); y para comenzar a conocernos se lo dije, en argentino ortodoxo:
-Vos sos un bicho raro.
Visto de cerca Casas se ve menos amenazante que en la foto de solapa de su libro, la misma donde dice que ha dejado de escribir porque se dedica al karate. Por las dudas, antes de que reaccione, le explico mi teoría a cerca de la obligación de escribir Krugers y Arnaldures para ser culto, y entonces se ríe.
-Yo creo, dice, que las historias que queremos contar están allí, en cada cosa que hacemos. En algo que te dicen en la barra del bar, en el comentario de un taxista. Las tenemos al lado, por ejemplo en Boedo. ¿Para qué pensarse más lejos, si es una manera de mirar?
Como los argentinos lo primero que hacemos es tantearle las cosquillas al otro, digo:
-Por los años en que suceden estos relatos, vos sos un hijo de la dictadura de Videla.
Hace un gesto y encaja bien:
-Es cierto. Pasé mi adolescencia en esa época negra. Me salvó el rock –dice, en evidente referencia al relato que da nombre al libro- El rock era el sitio donde encontrabas un poco de libertad, donde podías expresar la bronca.
Vamos bien, porque coincidimos con Casas en el amor a “Los redondos”, el mejor grupo de rock que ha dado la historia. (Cualquiera que piense lo contrario es, sin ser excluyente, sordo).
-Me interesa tu desarrollo de la mitología del barrio. En tus relatos te alejás de la condescendencia hacia el niño que fuimos y las historias ganan en épica.
-Yo soy, primero que nada, poeta. Y eso, aunque escriba prosa, siempre está presente porque es ver desde otro lado. Cuando escribo siempre me propongo separarme de mí mismo. Si siento que estoy narrando fácil es porque no me he separado lo suficiente. Creo que uno tiene que encontrar esa voz ajena, la de otro, para hacer literatura.
-Pero no es necesario irse a Transilvania y llamarse Vlad.
-(Ríe) En el mercado de la esquina podés descubrir esa otra voz. Siempre digo que me gustan los puntos de encuentro como esos bares de la Guerra de las Galaxias, con hombres verdes, traficantes de Orión, ex futbolistas y mujeres con tres tetas.
-Parece la descripción del bar de Norman, un amigo tuyo del relato “Casa con diez pinos”.
-Exacto. En esos sitios, llenos de gente rara porque es tan común, si uno mira un poco de costado, como para descubrir la sombra, encuentra la poesía. No sé para qué me voy a ir más lejos. Además, escribo pero sin hacerme cargo del papel de escritor, y menos de “escritor argentino”. Me lo tomo con tranquilidad porque sé que, casi todo lo que escriba, será tan argentino como de cualquier otra parte.
-Tengo la sensación de que jugás un poco de afuera en el mercado de los escritores.
-No me quiero ver como escritor, obligado a sostener posiciones estéticas y atado por un personaje. Puedo pasarme un par de años definiendo y trabajando un relato como los de este libro. Necesito despojarme de todas las frases, las palabras que te vienen fáciles porque son las de costumbre.
-Antonio Di Benedetto, un autor enorme y que no está en el parnaso de los elegidos, me decía alguna vez que para escribir uno de sus relatos tenía que tomarse varios días libres, para despojarse en los primeros del lenguaje rutinario que arrastraba del periodismo, y encontrar la literatura.
-(Sonríe como quien se encuentra con otro fanático del mismo equipo de fútbol) ¡Antonio Di Benedetto! Ese era verdaderamente un grande.
-¿Caballo en el salitral?
-¡Caballo en el salitral! ¿Ves? Ahí está. Di Benedetto fue un autor que escribía prosa desde una visión poética. Era un poeta. Caballo en el salitral es un relato para leerlo cien veces, y sentirte humilde. No; trato de no verme como escritor. Cuando me llevaron a la Feria de Francfort me sentía perdido, fuera de lugar. Quiero mantenerme donde estoy: escribiendo por necesidad, cuando tengo algo que contar, y festejando cuando me publican un libro, pero sin volverme loco por publicar.
-Uno de tus relatos comienza con la afirmación de que todo lo que se cuenta es verídico. Pero, en “Asterix, el encargado”, el narrador aterriza en un aquelarre donde la violencia se convierte en un ceremonial multitudinario. ¿Eso también es verídico?
-No… pero podría serlo. Al fin de cuentas cuando alguien narra lo que sea, tal vez un sueño, lo reescribe y lo rehace. Lo que me importa es que sea creíble en el mundo que estoy contando. Mirá, me han escrito pibes que quieren comprar el Talasa.
-¿El jarabe para la tos que tomaban los pibes para colocarse y soñar?
-Ese mismo, el Talasa. Ya no se fabrica, y podría habérmelo inventado.
-El narrador dice: La kriptonita verde nos mataba, la roja nos volvía locos, pero el Talasa era lo mejor. Un cruce entre realidad, ensoñación y superhéroes.
-Es que los superhéroes, a veces, son tan reales y te dicen tanto como la maestra de la escuela.
-Como el grupo de poetas que admira a Mishima, y decide cambiar la poesía argentina para siempre con un ritual suicida, donde se cargan a otro montón de poetas.
-(Ríe) Eso no sucedió, pero podría suceder. Tengo amigos que van por el lado de Mishima, aquel que se hizo el harakiri… La realidad, una palabra, son el disparador para la poesía. Y yo encuentro esas palabras en Boedo o en la calle, en cualquier momento.
Creo que Fabián Casas, por suerte para él y desazón de los editores y libreros, es inclasificable. Pero tiene algo. ¿Magia? Tal vez ese sea el nombre. En sus relatos el barrio y sus habitantes son una ventana al universo. Se lo digo, y también que, como hijo de un barrio, el barrio El Mondongo, siento que hablamos el mismo idioma. Entonces se produce el satori, porque abre los ojos y dice:
-¿Sos del Mondongo? Tengo muchos amigos en el Mondongo. ¡Hay un montón de grupos de rock!
Y entonces la entrevista naufraga, para bien, porque nos ponemos a hablar del rock, de La Cofradía de la Flor Solar, de Boedo y El Mondongo.
Yo sabía que, por alguna razón oculta tenía que conocer a Fabián Casas.
Esta nota fue publicada hoy en Sigueleyendo, y la foto es de Chús Sánchez.
Fabián Casas es un bicho raro. Cuando comencé la lectura de los relatos que componen este libro ésa fue la idea que comenzó a posesionarse de mi cabeza. Sus relatos trabajan sobre ese territorio, siempre lejano, siempre un poco demasiado inocente en la memoria, de la infancia, la adolescencia y la juventud. Pero, al contrario de lo que es usual en los relatos de aquel pasado, Casas les da una vigencia de presente riguroso y lo convierte en materia de creación y fantasía.
De tanto en tanto el autor nos jura que todo lo narrado es verdad, pero nos decimos que eso es lo de menos, porque sus personajes le deben los huesos, el alma y la palabra.
En un mundo literario como el argentino, donde es de buen gusto narrar historias en ciudades preferiblemente húngaras o moldavas y los personajes, aparte de secos y torturados, jamás permitirían que alguien los llame González o Mangiarotti, que de Krugger o Arnaldur no se bajan, que alguien use como materia literaria el barrio porteño de Boedo y los pibes que lo habitan me parece que señala con el dedo a la tontería.
Dicen que Casas es muy buen poeta, pero no me consta y no me constará porque de poesía cada día entiendo menos, pero… Por lo que recuerdo de otros tiempos en que me creía apto al menos para leerla, su cualidad básica es la de disparar imágenes, emociones, ideas con el gatillo de la palabra y su multiplicidad de sentidos. Dicho de otra manera, la poesía sería una manera de mirar, y sus recursos literarios la herramienta para despertar otras maneras de mirar en el lector.
Si vamos por ese lado, tal vez pueda explicar a quien no ha leído los relatos de Los lemmings y otros de qué van. Más o menos… porque Fabián Casas es un bicho raro.
Nos encontramos con Casas en el bar de una institución de Barcelona que siempre me recuerda, por su sigla, a la fenecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, me refiero al CCCB (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona); y para comenzar a conocernos se lo dije, en argentino ortodoxo:
-Vos sos un bicho raro.
Visto de cerca Casas se ve menos amenazante que en la foto de solapa de su libro, la misma donde dice que ha dejado de escribir porque se dedica al karate. Por las dudas, antes de que reaccione, le explico mi teoría a cerca de la obligación de escribir Krugers y Arnaldures para ser culto, y entonces se ríe.
-Yo creo, dice, que las historias que queremos contar están allí, en cada cosa que hacemos. En algo que te dicen en la barra del bar, en el comentario de un taxista. Las tenemos al lado, por ejemplo en Boedo. ¿Para qué pensarse más lejos, si es una manera de mirar?
Como los argentinos lo primero que hacemos es tantearle las cosquillas al otro, digo:
-Por los años en que suceden estos relatos, vos sos un hijo de la dictadura de Videla.
Hace un gesto y encaja bien:
-Es cierto. Pasé mi adolescencia en esa época negra. Me salvó el rock –dice, en evidente referencia al relato que da nombre al libro- El rock era el sitio donde encontrabas un poco de libertad, donde podías expresar la bronca.
Vamos bien, porque coincidimos con Casas en el amor a “Los redondos”, el mejor grupo de rock que ha dado la historia. (Cualquiera que piense lo contrario es, sin ser excluyente, sordo).
-Me interesa tu desarrollo de la mitología del barrio. En tus relatos te alejás de la condescendencia hacia el niño que fuimos y las historias ganan en épica.
-Yo soy, primero que nada, poeta. Y eso, aunque escriba prosa, siempre está presente porque es ver desde otro lado. Cuando escribo siempre me propongo separarme de mí mismo. Si siento que estoy narrando fácil es porque no me he separado lo suficiente. Creo que uno tiene que encontrar esa voz ajena, la de otro, para hacer literatura.
-Pero no es necesario irse a Transilvania y llamarse Vlad.
-(Ríe) En el mercado de la esquina podés descubrir esa otra voz. Siempre digo que me gustan los puntos de encuentro como esos bares de la Guerra de las Galaxias, con hombres verdes, traficantes de Orión, ex futbolistas y mujeres con tres tetas.
-Parece la descripción del bar de Norman, un amigo tuyo del relato “Casa con diez pinos”.
-Exacto. En esos sitios, llenos de gente rara porque es tan común, si uno mira un poco de costado, como para descubrir la sombra, encuentra la poesía. No sé para qué me voy a ir más lejos. Además, escribo pero sin hacerme cargo del papel de escritor, y menos de “escritor argentino”. Me lo tomo con tranquilidad porque sé que, casi todo lo que escriba, será tan argentino como de cualquier otra parte.
-Tengo la sensación de que jugás un poco de afuera en el mercado de los escritores.
-No me quiero ver como escritor, obligado a sostener posiciones estéticas y atado por un personaje. Puedo pasarme un par de años definiendo y trabajando un relato como los de este libro. Necesito despojarme de todas las frases, las palabras que te vienen fáciles porque son las de costumbre.
-Antonio Di Benedetto, un autor enorme y que no está en el parnaso de los elegidos, me decía alguna vez que para escribir uno de sus relatos tenía que tomarse varios días libres, para despojarse en los primeros del lenguaje rutinario que arrastraba del periodismo, y encontrar la literatura.
-(Sonríe como quien se encuentra con otro fanático del mismo equipo de fútbol) ¡Antonio Di Benedetto! Ese era verdaderamente un grande.
-¿Caballo en el salitral?
-¡Caballo en el salitral! ¿Ves? Ahí está. Di Benedetto fue un autor que escribía prosa desde una visión poética. Era un poeta. Caballo en el salitral es un relato para leerlo cien veces, y sentirte humilde. No; trato de no verme como escritor. Cuando me llevaron a la Feria de Francfort me sentía perdido, fuera de lugar. Quiero mantenerme donde estoy: escribiendo por necesidad, cuando tengo algo que contar, y festejando cuando me publican un libro, pero sin volverme loco por publicar.
-Uno de tus relatos comienza con la afirmación de que todo lo que se cuenta es verídico. Pero, en “Asterix, el encargado”, el narrador aterriza en un aquelarre donde la violencia se convierte en un ceremonial multitudinario. ¿Eso también es verídico?
-No… pero podría serlo. Al fin de cuentas cuando alguien narra lo que sea, tal vez un sueño, lo reescribe y lo rehace. Lo que me importa es que sea creíble en el mundo que estoy contando. Mirá, me han escrito pibes que quieren comprar el Talasa.
-¿El jarabe para la tos que tomaban los pibes para colocarse y soñar?
-Ese mismo, el Talasa. Ya no se fabrica, y podría habérmelo inventado.
-El narrador dice: La kriptonita verde nos mataba, la roja nos volvía locos, pero el Talasa era lo mejor. Un cruce entre realidad, ensoñación y superhéroes.
-Es que los superhéroes, a veces, son tan reales y te dicen tanto como la maestra de la escuela.
-Como el grupo de poetas que admira a Mishima, y decide cambiar la poesía argentina para siempre con un ritual suicida, donde se cargan a otro montón de poetas.
-(Ríe) Eso no sucedió, pero podría suceder. Tengo amigos que van por el lado de Mishima, aquel que se hizo el harakiri… La realidad, una palabra, son el disparador para la poesía. Y yo encuentro esas palabras en Boedo o en la calle, en cualquier momento.
Creo que Fabián Casas, por suerte para él y desazón de los editores y libreros, es inclasificable. Pero tiene algo. ¿Magia? Tal vez ese sea el nombre. En sus relatos el barrio y sus habitantes son una ventana al universo. Se lo digo, y también que, como hijo de un barrio, el barrio El Mondongo, siento que hablamos el mismo idioma. Entonces se produce el satori, porque abre los ojos y dice:
-¿Sos del Mondongo? Tengo muchos amigos en el Mondongo. ¡Hay un montón de grupos de rock!
Y entonces la entrevista naufraga, para bien, porque nos ponemos a hablar del rock, de La Cofradía de la Flor Solar, de Boedo y El Mondongo.
Yo sabía que, por alguna razón oculta tenía que conocer a Fabián Casas.
Esta nota fue publicada hoy en Sigueleyendo, y la foto es de Chús Sánchez.
lunes, 18 de abril de 2011
BOY SCOUT, MÍSTICOS Y AFICIONADOS
Las sectas son todas iguales. Tienen, como los animales unicelulares, una tenue piel por frontera. Dentro está lo Uno: los elegidos. Fuera está lo Otro: los demás. Cuando se es un elegido ya no hay retorno. Si alguien cruza la piel, la frontera, hacia fuera, es un traidor, un réprobo, un renegado.
Así son todas las sectas, desde los Niños de Dios hasta los cienciólogos, pasando por los mormones y los adeptos a las muchísimas virginidades de María. Una secta no necesita ni siquiera tener apariencia de racionalidad. Cuanto más estúpidas y primarias sean sus premisas, mayor éxito consigue.
Pensaba en esto este fin de semana, cuando confronté mis ideas previas con Dentro de WikiLeaks (Mi etapa en la web más peligrosa del mundo, dictado por Daniel Domscheit-Berg, escrito por Tina Klopp y publicado por Roca Editorial.
La historia puede resumirse así: Un día Daniel descubrió su profeta, su dios y su destino en este mundo. (En este orden: Julian Assange, Julian Assange y Wikileaks). El amor de Daniel por su profeta fue arrasador, y sin necesidad de que le dijera Pedro, sobre vos, en fin, se convirtió en su mano derecha. Por supuesto, todas las historias de amor terminan mal, y esta también. Pero vamos por pasos y personajes.
Julián Assange es australiano y se cree el Llanero Solitario. También es informático, de esos que tienen mucho de autistas y no poco de sicópatas. Componentes que, cuando se suman a un nivel de ignorancia general únicamente equiparable al de los hippies de los 70, da una pizza solo consumible por adeptos.
¿Y Daniel, el iluminado? También es informático, pero alemán. Con esa cosa naif que cultivan los alemanes y les permite creer en la eficacia de las organizaciones, porque en el fondo todo el mundo es bueno, si le dan una oportunidad.
¿Qué hicieron estos dos? Destapar basura que no era necesario destapar porque todos sabíamos que estaba allí. ¿Por qué lo hicieron? Porque su fe les hace creer que si la gente sabe… las cosas cambian.
(Permítanme aquí una pausa para reírme)
La historia de Wikileaks, contada por el despechado Daniel Domscheit-Berg, a quien su admirado Julian echó de una patada en el culo, no tiene desperdicio. Lo que es una manera de decir, porque las andanzas de Julian y Daniel se caracterizan por los desperdicios; y el mal olor. Allí a dónde fueran, hotel, pensión, sótano o casa prestada, en pocos días la basura desbordaba por las ventanas. Parece ser que, en su afán mesiánico, comer con las manos y limpiarse en las cortinas es un gesto del profeta.
Cuando uno ve en acción a estos personajes, convencidos de que van a cambiar el mundo porque filtran mierda, lo de menos son sus malos modales en la mesa, lo jodido es que se creen Dios. Y como tal actúan. Especialmente Assange, que ha conducido WikiLeaks como un feudo propio. Un príncipe paranoico, que no maquiavélico, que ha llegado a afirmar que con las filtraciones de documentos de Afganistán “terminaría con esa guerra”.
A este lector de fin de semana un par de cosas le hace chirriar los dientes. Una es la ignorancia.
Cuando Julian y Daniel filtraron un vídeo donde soldados norteamericanos se cargaban a cualquiera y hacía comentarios mordaces, creían, en su santa inocencia, que cambiarían la historia. Burros. En la guerra de Vietnam los corresponsales filmaron mil veces eso, y no cambió nada. La política exterior de EEUU sigue siendo la misma.
Cuando publicaron los documentos de Afganistán, pensaron que la opinión pública diría: ¡Oh, que horror, los únicos que ganan son las industrias de guerra! ¡Cambiemos el mundo! Sólo que no pasó nada, porque hasta los neonatos saben que las industrias de la guerra están para eso. Para sostener las guerras.
Claro, de tanto en tanto, el profeta Daniel manifiesta alguna duda. Por ejemplo acerca de si es posible garantizar más seguridad a quienes les pasan información. Información que la mayor parte de las veces ni Julian ni sus profetas puede confrontar, porque no saben su origen.
(Dicho al paso: si uno no es parte de un servicio que les mete carne podrida, para pasarle información confidencial a cosas como WikiLeaks hay que tener alguna deficiencia síquica.)
Retomo: Lo que no se hace ni por casualidad este muchacho, Daniel, es la pregunta básica, la misma que se formulaba Bertolt Brech en los años 40: ¿A quién beneficia esto que hago? Una pregunta que uno debería hacerse varias veces por día, para saber al menos para quien está jugando.
Conclusión de lunes: El pensamiento religioso y redentorista también ha hecho mella entre los pirados de internet.
Hoy, el héroe pop Julian Assange afronta un juicio por follarse a un par sin condón; sus seguidores escrutan el cielo esperando una respuesta; la T.I.A de Mortadelo y Filemón, la KGB y el Vaticano se frotan las manos por haberlo agarrado con los pantalones bajos; y Daniel, su ex profeta, anuncia que se viene OpenLeaks que mejora Wikileaks, aunque no garantiza que sus apóstoles no se limpien el morro en las cortinas.
Lo voy a decir una vez más: prefiero a los profesionales. Para todo. Y estos muchachos son aficionados. boy-scouts, místicos y aficionados: mala mezcla.
(Esta nota fue publicada hace unos días en Sigueleyendo. Para leer lo nuevo pinche aquí.)
lunes, 4 de abril de 2011
OPERACIÓN GLADIO Y LA CIA
-¿Cuál es la razón para que un escritor como Benjamín Prado, nacido en el 61, escriba Operación Gladio, una novela que gira sobre el asesinato de los abogados laboralistas de Atocha en el 77, y se extiende por la red de carniceros fascistas orquestada por la CIA para impedir que en Europa el comunismo llegue al gobierno?
-Uno no elige los recuerdos. Ni elige en qué medida los va a recordar. Rafael Alberti dijo: he conocido a Picasso, a Neruda, pero de lo que no me voy a olvidar nunca es de una canción de propaganda que oía en la radio de niño. Para mí, uno de los recuerdos de mi infancia más fuerte es el asalto al Palacio de la Moneda, con Salvador Allende resistiendo con su casco. También el terremoto de Managua, y el asesinato de los abogados de Atocha. Luego, otro recuerdo potente que se encarnó en este libro, es el del Valle de los Caídos. Recuerdo que cada año nos llevaban con la escuela, y siempre sentía lo mismo. Había allí algo como una fuerza que tiraba para abajo; una tristeza siniestra.
-Dos son los casos que convergen en Operación Gladio. Por un lado, el asesinato de los abogados a manos de sicarios de la derecha. Por otro, la petición de los restos de un republicano que fue enterrado ilegalmente en el Valle de los Caídos.
-Quería escribir una novela de espías –reconoce Prado-, porque cuando escribo me gusta divertirme, y una novela de espías era lo ideal. Entonces pensé en una conspiración de estado, en los pasillos sucios del poder, recordé lo que sabía de Gladio, y me pasó lo que le pasa a Alicia Durán, la periodista de mi novela, cada vez fui a más. Cuando asesinaron a los abogados la investigación avanzó sólo hasta cierto punto. El punto en se empezó a ver que los asesinos habían recibido armas y estaban conectados con servicios españoles, y que detrás de ellos estaba Gladio, o sea la CIA. Ahí se detuvo todo, nadie quería mirar a la cara a la CIA. Algunos dicen que es paranoia vincular a la CIA con todas las conspiraciones, pero lo cierto es que siempre ha estado allí, con o sin paranoia”.
PARA LEER LA ENTREVISTA COMPLETA PINCHE AQUI: SIGUELEYENDO.
-Uno no elige los recuerdos. Ni elige en qué medida los va a recordar. Rafael Alberti dijo: he conocido a Picasso, a Neruda, pero de lo que no me voy a olvidar nunca es de una canción de propaganda que oía en la radio de niño. Para mí, uno de los recuerdos de mi infancia más fuerte es el asalto al Palacio de la Moneda, con Salvador Allende resistiendo con su casco. También el terremoto de Managua, y el asesinato de los abogados de Atocha. Luego, otro recuerdo potente que se encarnó en este libro, es el del Valle de los Caídos. Recuerdo que cada año nos llevaban con la escuela, y siempre sentía lo mismo. Había allí algo como una fuerza que tiraba para abajo; una tristeza siniestra.
-Dos son los casos que convergen en Operación Gladio. Por un lado, el asesinato de los abogados a manos de sicarios de la derecha. Por otro, la petición de los restos de un republicano que fue enterrado ilegalmente en el Valle de los Caídos.
-Quería escribir una novela de espías –reconoce Prado-, porque cuando escribo me gusta divertirme, y una novela de espías era lo ideal. Entonces pensé en una conspiración de estado, en los pasillos sucios del poder, recordé lo que sabía de Gladio, y me pasó lo que le pasa a Alicia Durán, la periodista de mi novela, cada vez fui a más. Cuando asesinaron a los abogados la investigación avanzó sólo hasta cierto punto. El punto en se empezó a ver que los asesinos habían recibido armas y estaban conectados con servicios españoles, y que detrás de ellos estaba Gladio, o sea la CIA. Ahí se detuvo todo, nadie quería mirar a la cara a la CIA. Algunos dicen que es paranoia vincular a la CIA con todas las conspiraciones, pero lo cierto es que siempre ha estado allí, con o sin paranoia”.
PARA LEER LA ENTREVISTA COMPLETA PINCHE AQUI: SIGUELEYENDO.
RADIOFRAFIA DE UN JUEZ ESTRELLA
Después de leer Garzón, la hora de la verdad, editado por Principal de los libros, nos preguntamos cuál era el sentido de recorrer la carrera profesional de este ex juez, y que Loretta Napoleoni lo compare recurrentemente con Barak Obama; paralelo al que ya llegaremos.
Loretta Napoleoni dice, respondiendo al primer interrogante:
“Baltasar Garzón es un espejo de cómo somos. Un juez estrella, elevado a las alturas de la popularidad por los medios, en el que muchos depositaron demasiadas esperanzas. Es un espejo de cómo vivimos la democracia, delegando en otros la responsabilidad, en lugar de ejercerla nosotros cada día. Con estos personajes sucede que siempre nos equivocamos. Un día los vemos como los salvadores, y al día siguiente los crucificamos porque no respondieron a nuestras expectativas; siempre desmedidas”.
Le señalo que, casi como una conclusión de su libro, afirma que el caso Garzón ha puesto en descubierto las debilidades de la democracia española, pero que tengo mis dudas de que en otros países tengan menos debilidades. Sobre todo porque las campañas políticas, siempre necesitadas de fondos, son alimentadas con aportes de las cajas negras empresarias. Con lo que todo resultado padece un vicio de arranque: luego habrá que devolver esos favores. Hay que recordar que a Loretta Napoleoni se la reconoce como experta en financiaciones ilegales, especialmente del terrorismo.
PARA LEER TODA LA ENTREVISTA, PINCHE AQUI: SIGUELEYENDO.http://www.sigueleyendo.es/estrellato-y-oportunismo/
.
.
Loretta Napoleoni dice, respondiendo al primer interrogante:
“Baltasar Garzón es un espejo de cómo somos. Un juez estrella, elevado a las alturas de la popularidad por los medios, en el que muchos depositaron demasiadas esperanzas. Es un espejo de cómo vivimos la democracia, delegando en otros la responsabilidad, en lugar de ejercerla nosotros cada día. Con estos personajes sucede que siempre nos equivocamos. Un día los vemos como los salvadores, y al día siguiente los crucificamos porque no respondieron a nuestras expectativas; siempre desmedidas”.
Le señalo que, casi como una conclusión de su libro, afirma que el caso Garzón ha puesto en descubierto las debilidades de la democracia española, pero que tengo mis dudas de que en otros países tengan menos debilidades. Sobre todo porque las campañas políticas, siempre necesitadas de fondos, son alimentadas con aportes de las cajas negras empresarias. Con lo que todo resultado padece un vicio de arranque: luego habrá que devolver esos favores. Hay que recordar que a Loretta Napoleoni se la reconoce como experta en financiaciones ilegales, especialmente del terrorismo.
PARA LEER TODA LA ENTREVISTA, PINCHE AQUI: SIGUELEYENDO.http://www.sigueleyendo.es/estrellato-y-oportunismo/
.
.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)







